
Cada vez resulta más corriente viajar hasta un destino determinado para contemplar alguna joya artística, donde nos toparemos, sobre todo en temporada alta, con cientos de personas que tuvieron la misma ocurrencia. Por ello nos vemos obligados a guardar fila durante horas hasta que podamos acceder al recinto donde se guarda ese tesoro que nuestros ojos quisieron contemplar. Los monumentos se van pareciendo cada vez más a parques temáticos poblados de turistas que se fotografían para dar testimonio de su presencia.
El viajero llega a Florencia, la joya renacentista de la Toscana, y lo primero que hace apenas instalado en el hotel es salir a la calle para contemplar algunas de las maravillas que alberga esta ciudad única que engrandeció durante tres siglos el mecenazgo de la todopoderosa familia Médici.
Admirar el exterior decimonónico de la catedral de Santa María del Fiore (el Duomo), con la majestuosa cúpula de Bruneleschi, la copia de los relieves de la puerta de Ghiberti –el original fue retirado para preservarlo de la acción de los elementos– del baptisterio o el campanario (Campanile di Giotto), es gratis. Tampoco le cobran nada por ingresar en la catedral, aunque lo normal, en temporada alta, es guardar fila durante un mínimo de 30 minutos antes de acceder al interior del templo que, desde luego, no es de lo más interesante en la bella capital toscana. Contemplar la plaza majestuosa de la Señoría, con su Palazzo Vecchio y su museo de esculturas al aire libre, como el Perseo, de Benvenuto Cellini, o El rapto de las Sabinas, de Giambologna, tampoco requiere de un
desembolso previo, si bien hay que sortear a veces a las decenas de turistas japoneses que fotografían sin cesar las obras de arte con sus cámaras de última generación.
Sin embargo, para ascender a la cúpula de Bruneleschi o subir los 424 escalones del Campanile hay que pagar previamente unos , lo mismo que para contemplar el interior del baptisterio o los tesoros que alberga el Palazzo Vecchio. El asunto se complica cuando el viajero pretende acceder sin reserva previa por internet –en ocasiones hasta con un mes de antelación– a la Galería de los Uffizi, uno de los más bellos museos de pintura del mundo, o deleitarse hasta el infinito con la contemplación de la inigualable escultura del David, de Miguel Angel Buonarotti, en la Galería de la Academia.
Si no se ha tenido la precaución de hacer la reserva previa hay que prepararse para hacer una fila de entre dos y cuatro horas antes de abonar los de la entrada, soportando un calor de justicia. El precavido deberá abonar otros por concepto de reserva de hora, lo cual le evitará la larga espera pero no podrá evitar que deba esperar su turno hasta que las hordas de japoneses le permitan la visión tranquila de El nacimiento de Venus o La primavera, de Botticelli. Y si después decide tomarse un capuccino, una bebida refrescante, un genuino helado italiano o un bocadillo antes de proseguir el tour, debe preparar la billetera, pues el consumo mínimo no bajará de los .50 en cualquier local para turistas.
Después del somero recorrido por calles y monumentos florentinos, el viajero se convence de que Italia es uno de los países en los que más sabiamente se le saca rendimiento económico a su enorme patrimonio artístico. No olvidemos que los primeros turistas comenzaron a llegar a ese país a finales del siglo XVIII, lo cual permitió a los italianos tomar ventaja con respecto a otras naciones en cuanto a sistema de tarifas para acceso a monumentos, creación de redes de alojamientos y oferta de sus productos alimenticios tan básicos y baratos, como son la pasta y la pizza, en ocasiones a precios desorbitados. Tampoco debe olvidarse que el mantenimiento y restauración del grandioso patrimonio exige grandes sumas de dinero que a veces debe sufragar, al menos parcialmente, el gobierno de Roma.
Los enviados especiales a la mostra cinematográfica de Venecia, que se celebra en la singular ciudad italiana, se quejaban en sus crónicas de los abusos de hoteleros y hosteleros de la ciudad de los canales, tras pagar por un botellín de agua mineral en un establecimiento céntrico o 0 diarios por oscuras habitaciones de hotel pobladas de camastros incómodos, ”no renovadas desde los tiempos de Thomas Mann”, el autor de Muerte en Venecia. Pero es la ley de la oferta y la demanda y los empresarios venecianos llevan ventaja de un siglo con respecto a otros colegas.
La paradoja se da en el Reino Unido, donde el gobierno estableció desde tiempos inmemoriales la gratuidad de acceso a las pinacotecas y museos estatales, como la National Gallery o el British Museum, de Londres, salvo cuando se trata de exposiciones especiales.
En cualquier caso, bien pagando la entrada al monumento bien accediendo gratuitamente, el turismo ”interior”, el que suele dejar más dinero a las arcas públicas, no para de crecer. La globalización ha despertado en las masas el ansia de tomarse una foto ante las ruinas del Machu Picchu, el Taj Mahal, la Gran Muralla China, los templos de Angkor, la Torre Eiffel, un tranvía de San Francisco, las puertas del Ermitage de San Petersburgo, la Alhambra de Granada, la Plaza Roja moscovita, la esfinge de Gizeh, las pirámides de Teotihuacán o el Cristo Redentor del Corcovado.
El incremento del número de personas que visitan estos monumentos ha provocado que los destinos turísticos se conviertan en parques temáticos, al estilo Disney World, donde resulta difícil concentrarse para lograr el mayor deleite ante el prodigio que se muestra ante nuestras pupilas, tal como se refiere durante los recorridos por los museos de la Florencia de los Médici.
La crisis económica mundial actual ha provocado situaciones paradójicas. Los empresarios de los centros turísticos de sol y playa se han quejado del descenso de pernoctaciones en hoteles y la demanda de plazas en cruceros en esta temporada mientras que los hombres de negocios de las ciudades donde hay algún monumento que ver no se quejan de la misma manera.
Y algunos de ellos se frotan las manos ante la idea de que la globalización permitirá en pocos años a millones de personas pertenecientes a las clases medias emergentes de los dos gigantes asiáticos, India y China, hasta ahora excluidas de la posibilidad de hacer turismo ”interior”, viajar y conocer mundo, un derecho hasta ahora reservado injustamente a los ciudadanos de países desarrollados.
La incógnita a resolver para entonces es si los centros monumentales podrán aguantar la demanda de visitas. Si ahora hay que reservar con un mes de antelación la visita a la galería de los Uffizi, los agoreros piensan que cuando las masas de indios y chinos lleguen en visita turística a Florencia la apertura de museos durante 24 horas seguidas no bastará para impedir la espera durante días, semanas incluso, hasta conseguir el ansiado acceso al recinto.•