
Hace días participé en una conversación entre empresarios, en que uno de ellos, hablando al otro sobre una trabajadora suya, le contaba cómo la chica había tenido muy mala suerte con sus anteriores trabajos porque sus anteriores jefes le habían pagado poco, mal y tarde, haciéndole trabajar a destajo y en condiciones pésimas. Estaba a punto de quitarme el sombrero y felicitarle por tratarla de una forma distinta, pero fui prudente y le dejé continuar.
Y tras haberle oído cantar sus propias alabanzas, continuó diciendo que la pensaba despedir como consecuencia de la caída de faena en el sector de la hostelería, e iba forzarle a renunciar a la indemnización por despido improcedente que debía pagarle a cambio de comprarle un billete de vuelta a su país para ver a su familia. Y que no le pagaría hasta unos días después, para que le trabajase el fin de semana de Todos los Santos sin contrato ya, y habiendo cursado su baja un par de días antes en la Seguridad Social. Os juro que no salía de mi asombro.
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